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Disco de la semana: “Funk Wav Bounces Vol. 1” de Calvin Harris

Hubo un tiempo en el que Calvin Harris dominaba las pistas de baile del mundo. Pudo haber sido por muchas cosas, entre ellas su capacidad para crear canciones de EDM tan genéricas como para pasar desapercibidas en el gusto de aquellos que lo consumen con frecuencia. Su práctica, sin embargo, nunca fue en realidad tan disfrutable como uno pudiera imaginar.

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Bastaba escuchar uno de sus discos de inicio a fin para darse cuenta de que mucho de su éxito se debía más a su astucia que a un talento verdadero. No importaba mucho, pues gracias a eso su rostro se encontraba por todas partes y su nombre aparecía por cada rincón. Pero, ¿qué pasó entonces cuando el género –su género- comenzó a mutar y a explorar nuevas formas de exposición? Sorprendentemente, Calvin Harris entregó el que es, tal vez, el mejor álbum de su carrera.

“Funk Wav Bounces Vol. 1”, aunque mejor ejecutado, también es una pertinente demostración de esa astucia. Sus acompañantes son clara muestra de ello: de voces tan eternamente pop como las de Katy Perry, John Legend o Ariana Grande, a un desfile de raperos que ayudaron a cambiar el panorama EDM como Migos, Travis Scott y Nicky Minaj. Son elecciones inteligentes que Calvin Harris supo cómo complacer.

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La música, distinta a toda una carrera dedicada a producir la misma canción, está mucho más enfocada a comportarse como un lienzo para sus acompañantes. Si antes Harris era un protagonista constante, aquí se convierte en un perfecto complemento para los invitados. Snoop Dogg, Young Thug y Pharrell Williams brillan a la par de su host, algo que le brinda a Calvin Harris una tremenda oportunidad para salir de su tradición. Por primera vez sus producciones se sienten valientes, lejos de ser una parodia de sí mismas.

El título del disco no es ninguna casualidad. “Funk Wav Bounces” es todo lo que promete al leer su nombre y voltear a ver su portada: una colección de canciones que evocan un atardecer en la playa y que –afortunadamente- se olvidan de la estroboscópica luz a la que Calvin Harris no dejaba de voltear en sus peores años.