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CN Tower Edgewalk: así fue como Luis Gerardo Méndez venció su miedo a las alturas

Cuando en The Happening organizamos una experiencia, nuestro objetivo es que quienes estén involucrados vivan algo tan extraordinario que se convierta en algo que recordarán por siempre. En la más reciente, invitamos al actor mexicano Luis Gerardo Méndez a viajar con nosotros y disfrutar Toronto a través de los cinco sentidos. Incluimos todo tipo de actividades, pero fue una en especial la que realmente iba a desafiar su zona de confort.

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Toronto es una ciudad que se caracteriza por ser vanguardista, siempre innovando. En el año 1975 se convirtió en el hogar de la torre más alta del mundo: la CN Tower. Y aunque dejó de serlo en 2007, es imposible no asombrarse con su imponente altura desde cualquier ángulo del que se vea. Es considerada como una de las Siete Maravillas del Mundo Moderno por la Sociedad Americana de Ingenieros Civiles.

Desde su construcción, uno de sus objetivos era brindar la mejor vista de Toronto y sus alrededores (entre otras cosas). Y lo ha logrado con honores. Primero con sus miradores, después con su restaurante giratorio, luego con el SkyPod y ahora, con su más reciente atracción: el Edgewalk, una dinámica que consiste en caminar al aire libre por la orilla de la torre, a 350 metros de altura sobre el suelo (más o menos equivalente a 110 pisos).

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Cuando le propusimos a Luis Gerardo vivir esta aventura, su primera respuesta fue: «no. Suena increíble, pero me dan terror las alturas«. Después intentamos convencerlo con videos compartidos en YouTube de otros visitantes y dijo «bueno, no está tan grave. Si quieren vamos y ahí vemos«. Pero cuando llegamos a Toronto, un buen amigo suyo le escribió, «si vas a Toronto, TIENES QUE hacer el Edgewalk» y fue entonces cuando la chispa de la curiosidad surgió y nos dijo «bueno, ¡va! ¡Tengo que hacerlo!» ¡Gracias Alan Estrada!

El día llegó. La cita era a las dos de la tarde y desde el desayuno se notaban los nervios que todos sentíamos. Fuimos a las actividades posteriores y por un momento se nos olvidó la emoción pero cuando nos empezamos a dirigir a la torre, regresaron con más fuerza.

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Al llegar, nos registramos. Después de firmar un par de documentos, entramos a un cuarto para ponernos el traje y arneses. Tenemos que admitir que ahí los nervios bajan bastante, pues los chavos encargados hacen varias pruebas que dan mucha seguridad.

Pero ese pequeño instante de «calma» se esfumó cuando pasamos al elevador. Entramos, nos explicaron que probablemente nos pararíamos en un par de pisos y continuaríamos nuestro camino hasta el final. Nadie decía nada. Solo veíamos a través de las ventanas cómo se empezaba a ver el horizonte de la ciudad.

Bajamos del elevador y un par de chicos del staff nos recibieron. Nos formaron y nos dieron más instrucciones de seguridad y pasos a seguir. «¿Me puedo ir?» dijo Luis Gerardo con un tono de chiste, pero se escuchaban los nervios en su voz. Sabíamos que era broma en serio, pero el guía le dio la oportunidad de regresar y él se negó. Todo bien.

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La puerta se abrió y uno por uno salimos a apreciar la fascinante vista. El viento pegaba en nuestra cara, el pelo volaba y ahí estábamos todos: sin aliento, parados en una reja por la que se podía ver a través un espectacular fondo: Toronto debajo de nuestros pies.

Fueron tres segundos en los que todos nos quedamos ensimismados viendo hacia abajo y a nuestro alrededor. Y es que una vez que estás ahí arriba, te sientes tan grande y poderoso pero al mismo tiempo tan pequeño y vulnerable, que en el momento que empiezas a aceptar la situación, el guía ya te está llevando hacia la primera actividad.

Porque claro, hay actividades. No vas sólo a caminar por ahí y a apreciar el paisaje.

Durante los siguientes 30 minutos los nervios, el miedo y el ‘no poder’ ya no existe. Ya estás ahí. Así que no hay de otra que intentarlo todo y vencer lo que sea que te detenga.

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La primera actividad probablemente sea la más sencilla de hacer, pero la más complicada de lograr. Es el primer acercamiento con el precipicio, un vacío del que llegas a ver el fin, pero eso no lo hace menos terrorífico. La meta: toes over Toronto (los dedos de los pies sobre Toronto). Para este punto, Luis Gerardo solo bromeaba con el guía. Cuando llegó su turno, lo hizo con cuidado, cada paso medido. Cuando acomodó los dos pies, volteó hacia enfrente. Estiró un brazo y luego el otro. Y todos pudimos sentir su emoción en el grito que acompañó esa bienvenida a lo desconocido.

Después de que todo el grupo logramos ese primer reto, la confianza ya estaba un poco más asentada. Ya nos asomábamos hacia abajo con un poco más de seguridad y la sonrisa estaba presente en nuestras caras con la expectativa de la siguiente dinámica. Fue entonces cuando el guía dijo «creo que eso estuvo muy fácil para ustedes. Vamos a tener que subir de nivel. Ahora nos vamos a recargar hacia atrás«.

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Los nervios regresaron a su estado inicial y empezaron los grititos de emoción. Durante la explicación, Luis tenía el ceño fruncido, poniendo atención. Volteaba a ver a sus amigas que estaban imitando los movimientos del guía y de repente, no pudo más y un grito salió. No de esos que asustan, sino de los que dan risa, ya que expresó lo que todos sentíamos. «No, no, no» decía entre risas mientras ponía la mano en la boca y agachaba la cabeza. «Intenten no verse tan asustados, los estamos grabando«, dijo el guía. «No lo estoy» contestó Luis Gerardo.

El primer paso era ponerse de espaldas al horizonte, después sentarse sobre el arnés y a partir de ahí, caminar hacia atrás con cuidado hasta llegar a la orilla del piso. Se estiran las piernas y la misión se cumple al darle un high five al guía, algo que no le costó nada de trabajo a Luis.

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Lo verdaderamente emocionante era que, al estar ahí inclinados hacia atrás y recargando el arco de los pies sobre la orilla del piso, podíamos voltear hacia abajo y ver entre nuestras piernas el inmenso vacío al que estábamos «expuestos». Regresamos a la plataforma para continuar, pero hubo alguien que seguía ahí parado: Luis Gerardo. «No quiero regresar, no puedo, me congelé» dijo con una voz de broma. «¡Tu puedes, vamos!» le dijo el guía. Entonces Luis dobló las piernas y lo logró… una vez más.

Después de esos dos desafíos, la tercera y última actividad fue mucho más fácil que las anteriores. Ya nos habíamos familiarizado con el arnés y con la emoción de la altura. Ahora, lo que teníamos que hacer era inclinarnos hacia adelante, y como la primera vez, estirar los brazos. Las instrucciones fueron mucho más simples y todo fluyó más rápido. Tanto, que en el turno de Luis Gerardo, el guía le dijo «¡Muy bien! Ya puedes hacer un paso hacia atrás y regresar» y Luis contestó con los brazos extendidos, «no, no puedo. Estoy volando«.

 

Al final, ya no había miedos, ya no había nervios, ya no había obstáculos mentales ni físicos. Solo había bailes de celebración, gritos de éxito y paz. Mucha paz.

«Tal vez ya pueda considerar tirarme en un paracaídas» dijo Luis Gerardo al bajar. Las alturas ya no representan lo que antes… Luis ya no es el mismo de antes.

Si vas pronto a Toronto no puedes dejar pasar esta experiencia. Haz tu cita en cntower.com y prepárate para vivir uno de los momentos más memorables de tu vida.

Y para saber más de esta increíble ciudad y todo lo que puedes hacer durante tu visita entra a AhoraEsCuando.mx.