El documental de Woodstock 99 nos dice todo lo que está mal en los festivales actuales

Claro, no hay festivales en México desde hace más de un año, pero con el regreso de los festivales a Estados Unidos, el anuncio del Tecate Pal’ Norte 2021 y la oportunidad que representa regresar la música en vivo de manera masiva a la Ciudad de México, podemos decir con seguridad que los festivales regresarán pronto, y cómo hemos visto por la manera en que se llevan a cabo en Estados Unidos, las cosas no cambiarán mucho.

Los festivales de música se han convertido en un evento mucho más grande que la música que suena, es una oportunidad de inversión para la ciudad donde se realizan, es una cascada de dinero para las marcas que participan, los hoteles, Airbnb, restaurantes y mucho más. Antes ese no era el caso, pero el nuevo documental de HBO Max sobre Woodstock 99 nos enseña el momento en que todo cambió.

Woodstock 99: Peace, Love and Rage cuenta la historia de la tercera edición del festival que dio paso a todos los demás. El primer Woodstock es recordado como un evento histórico y perfecto lleno de amor y felicidad. La segunda edición, en 1994, demostró que era posible continuar con esa tendencia y unir a la gente a partir de la música (este creo que es el estandarte de todos los festivales en el mundo, pero algo que muy pocos cumplen), sin embargo, a pesar de la felicidad de los asistentes, los organizadores no quedaron satisfechos porque mucha gente entró después de romper las cercas y así no sólo llenaron el lugar, sino que perdieron mucho dinero.

Paz, amor y música. Estos tres elementos hacen un festival perfecto, pero todas son ideas abstractas. Sólo la música se puede medir en términos de equipo, bandas y más, lo cual es posible monetizar, pero si intentas que los tres pilares de un festival sean algo redituable, tienes que cambiar las reglas del juego. Así es como para Woodstock 99 el festival se movió a Rome, Nueva York y se instaló en una base militar desocupada (toda la ironía de esto la puedes ver en el documental), donde las grandes paredes no permitían que la gente se colara.

Con entradas a un precio exagerado, botellas de agua a cuatro dólares (un precio excesivo incluso hoy, imagina en 1999), una infraestructura de cemento que hacía que las altas temperaturas dieran paso a deshidratación y otras emergencias, así como una pésima organización, fueron la receta para el desastre, sólo faltaba una cosa que hizo estallar todo.

Los años noventa fueron de radical transformación para la cultura estadounidense (y mundial). Después del disco llegó el grunge y aunque tenga muchas críticas aceptables, fue uno de los últimos movimientos de la contracultura. Con el auge de Mtv, lo mainstream succionó a cualquier movimiento independiente y honesto y lo convirtió en algo diferente. Así es como el Nu metal comandado por bandas como Limp Bizkit o Korn hizo que el hip-hop perdiera la esencia que lo convirtió en un género revolucionario y fuera adoptado por la hegemonía blanca estadounidense pero sin nada del contexto en el que nació.

Esos años eran un paraíso para este sector de la población y se notó en Woodstock. La mayoría de los asistentes eran hombres blancos entrando en sus veintes que vivían viendo películas como Fight Club, American Pie y programas como The Real World y Girls Gone Wild. La psique de estos jóvenes los llevó a Woodstock 99 no bajo la idea de los tres días de amor, paz y música que se vivió 30 años antes, sino como un paraíso para hacer lo que quisieran en esa ciudad improvisada.

Todo esto no es para darte el resumen de lo que pasa en el documental, eso lo puedes ver por tu cuenta, sino para explicar que los paralelismos con lo que sucede actualmente es algo preocupante. las hordas de sexismo, machismo, homofobia y más puedes encontrarlas a un clic de distancia, y después de que el mundo entero se encerrara por un año, al salir, puede que ese odio se haya concentrado y esté buscando el momento para liberarse.

Los festivales han desvirtuado esos pilares de paz, amor y música. Es entendible pues ahora se trata de una industria de billones de dólares donde la ganancia es lo primero, pero al seguir presentándose como un lugar para cambiar el mundo a través de la música sin el mínimo propósito de hacerlo y dejar todo en manos de los músicos, el festival pierde el verdadero poder de hacer algo significativo.

Ahora la experiencia es comparable al tipo de boleto que pagues. Por ejemplo, un boleto para la primera edición del Corona Capital en 2010 costaba $450 pesos en su primera etapa y $550 en la segunda (sólo había dos) y aunque era un festival de un sólo día, para la edición de 2019, el precio en la fase 4 para un boleto por día costaba $2,099 pesos, pero si querías una experiencia «superior» podías comprar el abono plus que en su última fase costaba $4,900 pesos.

La calidad del festival ha incrementado y es obvio que en una década los precios suban, pero es fácil notar que este incremento no es en relación a las bandas, sino al festival en sí mismo. Falta sumar la horda de personas enojadas que puede encontrar un escape en estos sitios para revivir lo que pasó en 1999. Las señales son claras y lo mejor es estar atentos a ellas.