OMA, un refugio japonés y el secreto mejor guardado del Four Seasons

Pensé que mi relación con el erizo estaba rota para siempre. Lo probé en un omakase en Japón y decidí que no era para mí. Pero fue en OMA, dentro del Four Seasons, donde el chef Abraham López logró que lo redescubriera.

Esa es la magia de este lugar: si algo no te convence, aquí te hará dudar de tu veredicto. Y si al final sigues sin amarlo, tampoco pasa nada, porque OMA no se trata únicamente de “comer rico”, sino de vivir un viaje sensorial con ingredientes, texturas y descubrimientos.

El nombre ya es una declaración: Ōma hace referencia a una zona pesquera del norte de Japón, en la península de Shimokita, famosa porque “llueve atún”. De ahí sale uno de los mejores atunes rojos del mundo, el hon-maguro, pescado en el estrecho de Tsugaru. Y con ese mismo espíritu de respeto y obsesión por la calidad, nace este proyecto en la CDMX.

El restaurante es íntimo, casi secreto: una barra para doce comensales (aunque oficialmente son diez en la cena) y un booth para dos. OMA ofrece omakase incluso en lunch —de 1:30 p.m. a 5:30 p.m.— con dos opciones de menú (13 o 17 tiempos), pero la verdadera cita es de noche: martes y miércoles a las 7:00 p.m. y jueves a sábado en dos horarios, 7:00 p.m. y 9:15 p.m.. Después de las 11:00 p.m., el espacio se transforma en speakeasy, con solo drinks hasta la 1:00 a.m.

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Y sí, lo que sucede en la barra es un ritual. Todo inicia con un suimono caliente, que despierta las papilas gustativas y prepara el paladar para lo que viene. Después llegan pequeños destellos de sabores —tsukimono, espinaca encurtida con algas, vinagre de arroz, etc.— y otros elementos que te recuerdan que el umami es un lenguaje propio.

Luego, el desfile de sashimis anuncia lo mejor: los nigiris. Totoaba, hamachi, trucha, saba flameado, o-toro, chutoro… aquí todo es precisión, tradición y respeto por la técnica. Te recomendamos comer con la mano, como dicta la costumbre japonesa, y aquí entiendes de inmediato por qué: cada pieza está calculada al milímetro, desde el arroz hasta la pincelada de soya que ya lleva encima (sí, aquí no se sopea).

Ver cómo preparan cada nigiri es hipnótico: cortes exactos, movimientos suaves, casi ceremoniales. Fun fact: en la cocina nipona el cuchillo ideal con la técnica precisa sella el pescado con cada corte.

El producto es impecable. El 90% es nacional —con proveedores de pesca regenerativa— y lo que traen de Japón, como el hamachi, llega directo de allá. Aquí incluso el jengibre es distinto: no es el comercial, avinagrado, sino uno trabajado para acompañar sin invadir. Detalles que lo cambian todo.

Hay momentos donde la tradición se cruza con un guiño mexicano, y funcionan perfecto. Como el nigiri de kampachi con una emulsión pilosa y dulce, sello del chef, o el sashimi de totoaba coronado con sal de chiltepín, tajín de chapulines y limón eureka. Justo lo suficiente para hacerlo suyo sin romper el contexto ritual del sushi.

Otro ejemplo: el ikura, que aquí curan en sal o soya durante dos días antes de presentarlo en el nigiri de abadejo, para que llegue en el punto exacto.

El viaje no termina en lo salado. Los postres, lejos de ser un trámite, son un golpe de frescura y creatividad… como el gelato de matcha perfecto o el gelato de sal que ese día preparaban para la cena (Oma colabora con Sempre Gelato). Y si eres fan de la tarta vasca, aquí la sirven con gelatina de shiso y yuzu. Incluso los cocteles siguen esta línea de juego serio: uno de wasabi cerró nuestro omakase con fuerza.

El maridaje es otro universo: tés, cervezas japonesas, whiskies exclusivos, vinos sin alcohol y, por supuesto, una carta de sakes seleccionada para despertar notas frutales, florales y terrosas en cada sorbo. (Dato: en el omakase incluyen un oshoko de sake de cortesía).

Al final, OMA no es sólo otro omakase en la ciudad. Es una experiencia íntima, un espacio donde te entregas al chef y dejas que cada bocado te ponga en duda, te emocione o te sorprenda. Un recordatorio de que comer puede ser mucho más que alimentarse: puede ser un ritual.