Si algo siempre voy a hacer, es darle una oportunidad a las series y películas producidas en México. Tanto hemos escuchado ese discurso de que todas son iguales y, sobre todo, igual de malas, que es fácil caer en él y meter todo en una misma caja. ¿Me gusta todo lo que veo? No ¿Me arrepiento de verlo? Casi nunca. Y es que cuando pones un pie fuera del prejuicio te das la oportunidad de sorprenderte y, lo más importante, le das la oportunidad a toda la industria de seguir creando y apostando por nuestro talento.
Cuando leí en algún lugar que iban a hacer la versión mexicana de The Office, mi reacción fue, al igual que la de muchos: escepticismo. Se sabe que la versión gringa de esta serie es una verdadera joya y, en lo personal, es al lugar al que siempre regreso cuando necesito un abrazo. Tal vez por eso, pensar en que alguien se iba a atrever a siquiera intentar replicarla se sentía como un sacrilegio. Pero es justo ahí donde La Oficina lo hace muy bien. No intenta replicarla.

¿En qué se parece (y en qué no) La Oficina a The Office?
Sí, obvio la versión mexicana se basa en The Office, pero para empezar recordemos que la original fue producida en el Reino Unido y se estrenó en el 2001. Todas las que le siguieron son adaptaciones, incluso la más querida que tiene como escenario a Dunder Mifflin.
En el caso de La Oficina, la empresa no vende papel sino jabones y todo sucede en unas oficinas de Aguascalientes. Aquí, el jefe sigue siendo igual de incómodo que en las demás versiones, pero se trata de un nepo baby muy políticamente incorrecto llamado Jerónimo Ponce III (Fernando Bonilla). En cuanto a los demás personajes, algunos otros también tienen similitudes con sus versiones gringas: Memo Guerrero (Fabrizio Santini) y Sofi Campos (Elena del Río) son una especie de Jim y Pam, y a Aniv Rubio (Edgar Villa) lo podríamos comparar con Dwight Schrute. Sin embargo, y aquí va el primer acierto de la serie, no son una calca. Jerónimo Ponce III no intenta ser Michael Scott, ni ningún otro personaje intenta ser otro.
Lo mismo sucede con el formato y el ritmo. La Oficina mantiene el género de mockumentary, y así como en las demás versiones, las miradas incómodas a la cámara, las entrevistas, y el ritmo pausado se mantiene. Y sí, todo esto sin ser igual a las otras e incluyendo referencias muy mexicanas.


¿Vale la pena ver La Oficina?
La respuesta es fácil: sí. Desde el primer episodio te das cuenta de que la serie no está escrita desde el chiste fácil, ni que la parodia del “godín” es el centro de todo. La Oficina logra ir más allá de los clichés y por eso mismo funciona.
A esto hay que sumarle que los personajes están muy bien casteados y que el guion no teme a ser políticamente incorrecto. Vas a escuchar y ver muchas cosas que te van a hacer sentir muy incómodo, pero eso es parte de la magia. Después de pasártela bien raro en el primer capítulo, te prometo que las risas no van a parar.
La Oficina es el ejemplo perfecto de porqué debemos darle chance a las producciones mexicanas. No porque todas sean perfectas, sino porque así pueden seguir existiendo joyitas como esta.

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