Moscas me hizo pensar en muchas cosas: en la niñez, en el dolor, en el duelo, en la soledad y en esa cotidianidad que persiste incluso cuando la vida cambia para siempre. Fernando Eimbcke encuentra historias en un cuarto rentado, en una vieja máquina de Space Invaders y en la espera. Con muy poco construye una película que nunca intenta explicar el dolor ni encontrar respuestas fáciles. Le basta con observar la manera en que las personas aprenden o intentan aprender, a convivir con él.
La historia comienza con Olga, interpretada por Teresa Sánchez, una mujer que vive sola y renta una habitación de su departamento. Ahí llegan Tulio y su hijo Cristian, interpretados por Hugo Ramírez y Bastián Escobar, quienes viajan desde fuera de la Ciudad de México porque la madre del niño necesita tratamiento contra el cáncer. Como el dinero no alcanza para pagar una habitación para los dos, Tulio decide esconder a Cristian. Ese pequeño acto rompe la rutina de Olga y da inicio a una convivencia marcada por el conflicto, la incomodidad y la desconfianza, que poco a poco se transforma en una relación mucho más compleja.
Qué nos gustó de Moscas…

Hay algo muy bello en la relación entre Tulio y Cristian. Nunca necesita grandes discursos para transmitir el cariño que existe entre ellos. Está en la manera en que Tulio intenta resolver los problemas antes de que lleguen a su hijo, en las decisiones que toma para protegerlo y en el esfuerzo constante por preservar algo de normalidad dentro de una realidad que dejó de serlo. El dinero nunca ocupa el centro de la historia, pero condiciona silenciosamente muchas de sus decisiones. Permanecer cerca del hospital, encontrar dónde dormir y seguir adelante también forman parte del cuidado.
Me gusta mucho la forma en la que el director observa la infancia. Cristian no está construido para despertar ternura solo porque sí. Puede ser curioso, insistente, impaciente, divertido y frustrante, muchas veces al mismo tiempo. Esa imperfección hace que se sienta completamente real. Mientras los adultos intentan comprender la enfermedad desde la experiencia, él busca entenderla desde el único lugar que conoce: el juego.
Por eso Space Invaders ocupa un lugar tan importante en la película. Cristian establece un paralelismo entre los invasores del videojuego y el cáncer que enfrenta su mamá. Me pareció una de las ideas más inteligentes de Eimbcke porque nunca deja de ver el mundo desde la lógica de un niño. Mientras los adultos hablan de diagnósticos, tratamientos y posibilidades, él necesita traducir todo eso a un lenguaje que pueda entender. El videojuego deja de ser un simple pasatiempo para convertirse en una manera de darle forma a algo que todavía resulta imposible de comprender.
El escenario también tiene mucho que decir. Eimbcke sitúa la historia en el Centro Urbano Presidente Alemán, el CUPA, diseñado por Mario Pani. Su cercanía con el Hospital Regional del ISSSTE hace que, desde hace años, muchas de sus habitaciones reciban a personas que llegan desde otros estados para acompañar a un familiar hospitalizado. Me parece interesante que la película incorpore esa realidad sin convertirla en el centro de la historia. Está ahí porque forma parte de la ciudad y de la vida cotidiana de quienes la habitan.
Frente a la mirada de Cristian está la de Olga. Teresa Sánchez interpreta a una mujer marcada por la pérdida de un hijo, alguien que ha aprendido a convivir con una ausencia que nunca desaparece del todo. Me gusta que la película nunca fuerce el vínculo entre ellos ni intente convertirlo en algo que no es. Lo que aparece nace simplemente de compartir el mismo espacio y de reconocerse desde experiencias completamente distintas. Ella mira la muerte desde la memoria; él intenta entenderla mientras todavía existe la esperanza.
La fotografía en blanco y negro de María Secco acompaña esa mirada con una precisión admirable. El concreto del CUPA, los pasillos del hospital y los interiores del departamento adquieren una textura que vuelve todo más cercano, como si la cámara simplemente acompañara a los personajes sin interrumpirlos.
Y luego están las moscas
Aparecen una y otra vez, insistentes, imposibles de ignorar. Nunca las sentí como un símbolo evidente, sino como una presencia constante, igual que el duelo. Podemos acostumbrarnos a vivir con él, aprender a hacer espacio para que exista, pero nunca desaparece por completo.
Lo que más admiro de Moscas es la confianza que tiene en su propia historia. Nunca necesita exagerar el drama, acelerar las emociones ni convertir la enfermedad en un recurso para manipular al espectador. Todo está en sus personajes, en los silencios, en las miradas y en la forma en que Fernando Eimbcke observa aquello que normalmente pasa desapercibido. Quizá por eso es una película que permanece. Porque nos recuerda que la muerte nunca se vive de una sola manera. Un niño intenta entenderla por primera vez; una mujer lleva años aprendiendo a convivir con ella. Y, entre ambos, la vida sigue ocurriendo con una honestidad que resulta imposible no reconocer.

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