Sí, fuimos a una cena de caviar. Y sí, lo probamos con whisky

Hay frases que no esperas decir un viernes por la noche, como: “¿me pasas la cuchara de nácar?” Ok, confesamos: ni la tocamos. El caviar nos lo sirvieron —no con cualquier cuchara (el metal arruina el sabor)— en la mano y lo probamos sin filtro. Como debe ser.

Así arrancó la celebración del Caviar Day en el Caviar Bar del Alexander Hotel, donde la etiqueta decía “lujo”, pero la vibra era mucho más relajada: buena música, buenos tragos y unas cuentas personas listas para aprender, comer y romper mitos (como que el caviar solo se disfruta con blinis y vodka). Aquí te lo contamos todo.

Todo empezó con un Chivas 12 servido como bienvenida. Suave, frutal, con ese toque de miel y vainilla, esta es una entrada perfecta al mundo del whiskey para quienes apenas coquetean con la idea de salir del sólo tequila y mezcal. Mientras tomábamos ese primer trago, nos recordaron que ese whisky se añeja en barricas de cognac… sí, porque aquí hasta el alcohol tiene historia. Y ese primer shot sensorial fue el primer paso al verdadero festín.

Luego vino el momento nerd (en el mejor sentido): el equipo de Locos for Latas nos regaló una mini masterclass que rompió todas las ideas que traías sobre el caviar. ¿Sabías que viene de un pez jurásico que puede vivir más de 100 años? ¿Que tarda más de una década en empezar a poner huevos? ¿Que si lo comes con cuchara de metal lo arruinas? ¿O que alguna vez fue tan barato que lo daban gratis en bares para que la gente pidiera más cerveza?

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Pero volvamos a lo importante: ¿a qué sabe? Salado, umami, como el océano con mantequilla. Probamos un caviar francés llamado Caluga híbrido, que tiene una textura súper cremosa y un sabor más suave (no truena tanto como otros). Literal, se derrite. El caviar Osetra, traído desde Francia (porque sí, no sólo hay granjas de esturión en Rusia), tiene una textura más firme y un final ligeramente más salado.

La cocina estuvo a cargo de los chefs Ana Sophia Serrano y Rogelio Zacatelco, que tomaron el caviar y lo usaron como lienzo para una serie de bocadillos confeccionados con espumas, crocantes, fondos cítrico. ¿El highlight? No sabemos elegir entre el sashimi de lumina o el cheesecake de pecorino romano (ambos con caviar osetra). Cada bocado sabía a lujo sin pretensión, como si el caviar hubiera aprendido a relajarse. 

Y aunque para cada plato, un maridaje distinto —con vinos espumosos, cocteles especiales, y claro, el clásico martini de la casa— una de las cosas que más nos gustó de la noche fue descubrir que el caviar ya no se toma tan en serio a sí mismo. Hoy en día puedes ponerlo en una pasta al limón, sobre un pollo frito o (por qué no) encima de una tostada con guacamole. El punto es disfrutarlo, no presumirlo.

Dato curioso: aunque muchos juren que el caviar “bueno” solo viene de Rusia, el 60% del caviar del mundo hoy lo produce China. Y lo más importante ya no es el país, sino la granja, el método, el respeto al pez. De hecho, ahora existen técnicas para extraer el caviar sin matarlos, lo cual suena a ciencia ficción, pero es real.

Otro dato loco: hay esturiones albinos cuyos huevos (blancos) pueden costar más que tu renta del mes (o dos). ¿Y por qué tan caros? Porque hay muy pocos, porque el proceso es larguísimo, y porque todo se hace a mano, con pinzas, casi como cirugía plástica gourmet.

Así que sí: el caviar sigue siendo un lujo. Pero uno que se ha transformado. Ya no es símbolo de snob, sino de historia, paciencia, ciencia, y una buena dosis de estilo.

Esa noche en el Caviar Bar fue una celebración de todo lo que hace especial a este ingrediente. Entre tragos perfectos y conversaciones sobre peces jurásicos, descubrimos que el verdadero lujo no está en el precio, sino en el ritual. Y que a veces, lo más cool es probar algo que tardó 18 años en llegar a tu boca.