Hay hoteles de lujo, y luego está el Jumeirah Burj Al Arab. En Dubái, donde el exceso no solo se permite sino que se celebra, este hotel se ha convertido en un símbolo absoluto de opulencia, diseño y espectáculo. Oficialmente, ningún sistema hotelero reconoce más de cinco estrellas, pero el Burj decidió que eso no era suficiente y se autoproclamó, con toda intención, el primer hotel de siete estrellas del mundo.

El hotel que parece un velero
Diseñado para parecer un velero gigante recortado sobre el Golfo de Arabia, el Burj Al Arab es un ícono arquitectónico desde cualquier ángulo. Sus 28 pisos están cubiertos por una membrana de teflón blanco que refleja la luz del día y por la noche se transforma en un lienzo de colores. Forma parte de la Jumeirah Icons Collection, un grupo de propiedades seleccionadas por su relevancia arquitectónica y cultural.
Suites, mayordomos y lujo
Aquí no hay habitaciones estándar, todas son suites. Y no cualquier suite. Camas con dosel, textiles de Versace, mosaicos dorados y vistas infinitas al mar. Las más famosas, la Royal y la Presidential, incluyen cine privado, camas giratorias, ascensores internos de dos niveles y hasta 27 teléfonos. Cada huésped tiene su propio mayordomo, disponible 24/7, encargado de absolutamente todo: desde desempacar hasta organizar cenas, yates o vuelos en helicóptero.

Comer en las alturas (o bajo el mar)
La experiencia gastronómica es tan teatral como el resto del hotel. En Al Muntaha, su restaurante con estrella Michelin, se come literalmente suspendido en el aire, con vistas panorámicas del Golfo. Para algo aún más extremo, está Al Mahara, un restaurante submarino donde cenas rodeado de un enorme acuario que te hace sentir dentro de una película de James Bond. Todo aquí está pensado para impresionar.

¿Por qué dicen que tiene siete estrellas?
La famosa “séptima estrella” no es oficial, pero tampoco es casual. Surgió por la combinación de factores que el Burj lleva al límite: servicio personalizado absoluto, arquitectura icónica, lujo y una experiencia diseñada para sentirse irrepetible. El Burj Al Arab es un destino en sí mismo, un lugar al que no solo se va a dormir, sino a vivir, aunque sea por una noche, una versión exagerada del lujo.


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