La Design Week puede durar una semana, pero su eco se siente mucho más tiempo. Es el punto de partida para conversaciones, exposiciones y proyectos que continúan alimentando el pulso creativo de la ciudad. Uno de esos ecos es Fénix, la nueva exposición de la artista mexicana María José Romero, que se presenta en la galería Le Laboratoire.
Una muestra que no solo marca una nueva etapa en su carrera, sino también un proceso de transformación personal que la artista traduce en lienzos que parecen respirar. Hace unos días tuvimos la oportunidad de platicar con ella, así que aquí te dejamos todo lo que tienes que saber antes de visitar su obra.
¿Quién es María José Romero?
Pintora mexicana formada entre México, Estados Unidos y España, María José Romero ha participado en numerosas exposiciones individuales y colectivas. Su trabajo combina lo visceral y lo poético, moviéndose entre la energía del cuerpo y la intuición del inconsciente. Su interés por disciplinas como la biología, la física, la mitología y los arquetipos psicológicos se refleja en una obra que busca comprender las fuerzas —visibles e invisibles— que mueven la mente humana y el universo.
“Me gusta entender mis piezas como animografías”, dice Romero, “representaciones materiales de mis estados anímicos”. Cada pintura, explica, nace de un proceso de saturación intelectual y emocional, seguido por un impulso instintivo que da forma a gestos y colores sobre el lienzo.


El proceso detrás de Fénix
La idea de Fénix surgió hace tres años, en medio de una ruptura personal y una lectura que la marcó profundamente: El fuego de una vela, de Gaston Bachelard. “Él dice que el fuego es lo ultra vivo —me contó María José—, y eso me hizo pensar que la vida misma funciona como el fuego: algo que se consume, que arde y se transforma constantemente”.
Desde esa reflexión, Romero decidió pintar el fuego. “Fue un reto lograr que ardiera en el lienzo, pero cuando lo conseguí entendí todo: yo también estaba resurgiendo de las cenizas”. Así nació Fénix, una serie que transita entre la oscuridad y la luz, entre el duelo y la renovación.
El proceso tomó tres años y se tradujo en obras que, según la artista, “son parajes distintos de un mismo viaje”. Algunas piezas están hechas con carbón —más densas, más contenidas— y otras exploran la vitalidad del color y la naturaleza. “Mi jardín fue clave”, dice. “Cuidarlo y observarlo me ayudó a sanar. De pronto, esas llamaradas que pintaba comenzaron a volverse hojas, brotes, vida.”
Más allá del concepto
Aunque la mitología del ave Fénix y la simbología del fuego son evidentes, para Romero hay algo aún más importante: la experiencia visual y sensorial.
“No busco que el público entienda mi obra con la cabeza”, explica. “Propongo que se paren frente a cada pieza y la sientan. Que dejen que la pintura les hable, que los toque. Antes de saber nada, quiero que puedan apreciar la imagen por la imagen.”
Esa honestidad visual —sin necesidad de traducciones conceptuales— es central en su práctica. Romero invita a mirar sin prejuicios, sin buscar significados inmediatos, dejando que el cuerpo reaccione antes que la mente.


Todos somos Fénix
Más que una exposición, Fénix es una ceremonia. Cada lienzo, dice, la transformó de alguna manera, y espera que quien los contemple viva también su propio pequeño renacimiento. “No busco que salgan iguales a como entraron. Si se permiten atravesar el fuego, algo cambia.”
Para Romero, el fuego no es destrucción: es evolución. Y en tiempos de caos —personal o colectivo—, su obra nos recuerda que renacer también puede ser un acto de resistencia.
“Todos somos Fénix”, concluye. “Y solo quien ha atravesado el fuego, puede portar el fuego.”

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