Las rutas entre montañas de República Dominicana para los amantes del café

Cuando pensamos en República Dominicana, la mente viaja casi siempre al mismo lugar lleno de playas de arena blanca, aguas turquesa y hoteles frente al mar. Pero existe otra cara de la isla a la que rara vez prestamos atención y que, sin embargo, guarda algunas de sus historias más auténticas. Está tierra adentro, entre caminos verdes y neblina que se enreda en las laderas.

Lejos de la costa, República Dominicana conserva una tradición cafetalera que lleva casi tres siglos formando parte de su identidad. Desde que los primeros cultivos llegaron a la región de Barahona en 1735, el café dejó de ser un simple producto agrícola para convertirse en costumbre cotidiana, herencia familiar y uno de los símbolos más silenciosos del país. Y lo mejor es que esa historia se puede recorrer: hoy existen rutas del café trazadas en las montañas que permiten ver, oler y probar todo el proceso, del grano a la taza.

Jarabacoa, la capital del grano

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INDOCAFÉ

Si hay un lugar que merece el viaje, es Jarabacoa, conocida como la capital del café dominicano y como la ciudad de la eterna primavera por su clima fresco de montaña. Aquí está Café Monte Alto, una hacienda orgánica donde el grano crece a unos 1.200 metros de altitud. Su recorrido lleva al visitante por todo el proceso de producción y termina con varias degustaciones en su propia cafetería. Pero para quien busca algo más práctico, la Escuela de Café RD organiza experiencias en las que se recoge el café maduro directo de la planta, se recorre la finca y se hace un tueste artesanal que después se muele en pilón y se cuela en paño de tela para probarlo. En una misma visita se llegan a catar los tres procesos de una sola finca —natural, mieludo y lavado— e incluso un té hecho con la cáscara del café.

Barahona y el sello del sur

Volviendo al origen de todo, el suroeste guarda el café con denominación de origen más célebre del país. En la Sierra de Bahoruco, en Barahona, el grano se cultiva entre los 600 y 1.300 metros y produce una taza de cuerpo equilibrado y acento achocolatado. Allí hay recorridos por las plantaciones, como el sendero de Café Toral, una caminata de cerca de una hora entre cafetales. Y en el norte, desde Cabarete, también es posible visitar fincas de café orgánico cultivado bajo sombra.

La Ruta del Café Dominicano

En el centro del país, las provincias Monseñor Nouel y Hermanas Mirabal concentran las dos rutas más reconocidas, ambas impulsadas como turismo sostenible. La Ruta del Café Atabey, en las lomas de Bonao, se recorre a unos 950 metros de altura, con temperaturas que van de los 15 a los 28 grados. Tiene tres senderos de dificultad distinta: El Higo, donde al final la comunidad vende artesanías en bambú; El Cafetal, una plantación bajo sombra; y El Candongo, al que se sube a lomo de mula para asomarse a las vistas panorámicas del valle del Bajo Yuna y el Cibao.

La otra es la Ruta del Café Jamao, en las lomas de Salcedo, dedicada al café orgánico. Sus senderos cruzan La Confluencia, donde se encuentran los ríos Jamao y Partido, y llegan hasta La Cueva de Los Caños, un recorrido que se adentra en una cueva enorme llena de estalactitas, casi a oscuras, pensado para quienes andan en buena forma física. En ambas rutas, lo que más se queda es el contacto directo con las familias que llevan generaciones viviendo del café.

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Al terminar cualquiera de estos recorridos, lo que permanece no es solo el sabor. Permanecen las conversaciones compartidas, los paisajes cubiertos de verde y la sensación de haber descubierto una parte de República Dominicana que muchos viajeros pasan por alto. Mientras las playas siguen atrayendo miradas desde todos los rincones del mundo, las montañas dominicanas resguardan uno de sus mayores tesoros: un aroma que atraviesa generaciones y que invita a conocer la isla desde una perspectiva mucho más íntima.