Hay pocas plazas en el mundo que suenan como Plaza Garibaldi. Literalmente. Desde que llegas escuchas trompetas, violines, guitarrones y voces que compiten por tu atención. Es caótica, ruidosa, turística, auténtica, nostálgica y vibrante todo al mismo tiempo. Para muchos chilangos es kitsch, para otros es patrimonio vivo. Pero lo que nadie puede negar es que Plaza Garibaldi es el epicentro del mariachi en México, y su historia es tan rica y compleja como la ciudad misma.

Los inicios: de mercado a plaza
La historia de Garibaldi comienza mucho antes de que se convirtiera en sinónimo de mariachis. En el siglo XIX, esta zona era parte del límite norte de la Ciudad de México, un área semirrural donde operaba el mercado de La Lagunilla. El espacio que hoy conocemos como plaza era simplemente un cruce de caminos, un punto de encuentro informal sin la monumentalidad que vendría después.
El nombre “Garibaldi” llegó en 1910, durante las celebraciones del Centenario de la Independencia, cuando se decidió bautizar la plaza en honor a Giuseppe Garibaldi, el héroe italiano de la unificación de Italia. Pero también existe otra versión menos oficial: que el nombre viene de un cantinero italiano llamado José Garibaldi que tenía un negocio popular en la zona. Como suele pasar en la historia de México, ambas versiones conviven sin que nadie sepa con certeza cuál es la verdadera.
La llegada del mariachi
Los mariachis no siempre estuvieron en Garibaldi. Su llegada a esta plaza fue casi accidental, pero perfectamente lógica. A principios del siglo XX, los músicos de mariachi que llegaban del occidente de México (principalmente de Jalisco, Nayarit y Colima) buscaban trabajo en la capital. Se reunían en plazas y mercados esperando a que alguien los contratara para tocar en fiestas, serenatas o eventos.
Para los años 30 y 40, con el auge del cine de oro mexicano y la romanticización de la figura del charro y el mariachi, Plaza Garibaldi se consolidó como el punto de encuentro oficial. Películas como Allá en el Rancho Grande (1936) y las protagonizadas por Jorge Negrete, Pedro Infante y Javier Solís popularizaron la imagen del mariachi a nivel nacional e internacional, y Garibaldi se convirtió en el lugar donde esa fantasía cinematográfica se hacía real.
La plaza comenzó a llenarse de cantinas icónicas como el Tenampa, fundado en 1925, que se convirtió en el santuario del mariachi y el tequila. Aquí pasaron figuras legendarias de la música mexicana, políticos, toreros, actores, y cualquiera que quisiera vivir esa experiencia de México profundo regado con mezcal y nostalgia.

La época dorada y el declive
Los años 50, 60 y 70 fueron la época dorada de Garibaldi. La plaza estaba llena todas las noches con familias, parejas, turistas y borrachos sentimentales que pagaban a los mariachis para que tocaran “El Rey”, “Cielito Lindo” o “Cucurrucucú Paloma”. Era el México posrevolucionario celebrándose a sí mismo, un espacio donde las clases sociales se mezclaban al ritmo de las trompetas.
Pero con el tiempo, la zona empezó a degradarse. El crecimiento descontrolado de la ciudad, la inseguridad, y la falta de mantenimiento convirtieron a Garibaldi en un lugar cada vez más peligroso, especialmente de noche. Para los años 90 y principios de los 2000, la plaza tenía una reputación mixta: mágica por su música, pero también riesgosa por los robos, las estafas a turistas, y la violencia ocasional.
La renovación del siglo XXI
En 2010, como parte de los festejos del Bicentenario de la Independencia, el gobierno de la ciudad invirtió en una renovación profunda de Plaza Garibaldi. Se construyó un piso nuevo, se instaló mejor iluminación, se creó el Museo del Tequila y el Mezcal (MUTEM), y se intentó recuperar el espacio como destino cultural seguro.

Garibaldi hoy
Hoy, Plaza Garibaldi sigue siendo el corazón del mariachi en México. Cada noche, decenas de grupos vestidos con sus trajes de charro esperan a que alguien los contrate. Algunos son músicos experimentados con décadas de carrera, otros son jóvenes que recién empiezan. Todos comparten el mismo objetivo: ganarse la vida tocando las canciones que han definido la identidad musical de México.
La plaza también es hogar del Museo del Tequila y el Mezcal, un espacio dedicado a estas bebidas emblemáticas con degustaciones, exhibiciones, y una terraza con vista a la plaza. Las cantinas históricas como el Tenampa siguen operando, aunque ahora conviven con bares más modernos y restaurantes pensados para el turismo.
Visitar Garibaldi es una experiencia que todos deberían tener al menos una vez. Sí, es turística. Sí, puede ser caótica. Pero también es auténtica a su manera. Es ver en vivo la tradición del mariachi, escuchar esas canciones que todos conocemos aunque no sepamos de dónde, y entender por qué esta música sigue siendo el soundtrack emocional de millones de mexicanos.

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