Hot Milk: la película que nos dio justo en nuestros mommy issues

La semana pasada fuimos a Cinemex con Mubi para ver Hot Milk. Lo primero que llamó mi atención fue el elenco: Emma Mackey en una película indie, lejos de su rol en Sex Education, y Fiona Shaw, a quien no veía desde Harry Potter… tienen mi atención.

La película marca el debut como directora de Rebecca Lenkiewicz —más conocida por su trabajo como dramaturga y guionista (Ida, She Said)— y está basada en la novela homónima de Deborah Levy, una autora que disecciona la psique femenina desde espacios turbios, sensoriales, casi oníricos. En Hot Milk, esas capas están presentes desde el principio, flotando con la misma lógica que las medusas que aparecen a lo largo de la historia: criaturas hermosas, venenosas, transparentes. No vi el tráiler antes de entrar al cine, y creo que fue una buena decisión. Leí una reseña que la describía como “Call Me by Your Aftersun”, y aunque suena burlón, tiene algo de verdad: la cinta habita ese lenguaje de narrativas delicadas, íntimas, con silencios largos y un guión inteligente.

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Hot Milk

¿De qué trata Hot Milk?

La historia sigue a Sofia (Emma Mackey), una estudiante de antropología que viaja con su madre, Rose (Fiona Shaw), a un pueblo costero del sur de España para tratar una enfermedad inexplicable que le impide caminar. Una dolencia crónica que aparece y desaparece sin causa médica aparente, y que Rose describe con frases como: “sólo camino una vez al año”, “no sé explicarlo”, “sólo pasa”.

La clínica a la que asisten, dirigida por el enigmático Dr. Gómez (Vincent Pérez), parece más un espacio de terapia alternativa que un verdadero centro de rehabilitación. Después de varias preguntas sobre su pasado y pocas respuestas, queda claro que la discapacidad de Rose no está en sus piernas, sino en su mente: una manifestación psicosomática de un trauma no resuelto, de un dolor que se ha vuelto parte de su cuerpo y que tiene todo que ver con la codependiente relación con su hija.

Rose ha hecho de su sufrimiento un sistema de control. Su cuerpo enfermo es la jaula desde la que manipula a Sofia. En ese contexto, Sofia aparece atrapada: la acompaña, vive su vida girando en torno a su madre, como si no pudiera salir de ese campo gravitacional. Y todo cambia —o tal vez comienza de verdad— con la aparición de Ingrid (Vicky Krieps), una figura casi mítica que irrumpe en la película montando un caballo, como si viniera de otro mundo.

Ingrid es libre, se mueve con una gracia que desarma, habla poco, parece inalcanzable. Tiene muchos amantes, vive al margen de los códigos. Su llegada no es solo narrativa, es simbólica: representa una feminidad que no busca complacer, que no se justifica, que simplemente existe. Sofia la observa desde abajo, como si se tratara de una aparición o de una versión futura de sí misma.

Hot Milk está cargada de símbolos que flotan con sutileza. Las medusas, por ejemplo, son una imagen constante: bellas pero letales, cerca del agua como metáfora perfecta. Ella también está atrapada en relaciones que oscilan entre el placer y el dolor: con su madre, con Ingrid, consigo misma. La enfermedad de Rose, la atracción por Ingrid, la falta de rumbo vital: todo duele, todo consume. El deseo, aquí, nunca es del todo liberador. A veces es solo otra forma de dependencia.

Hay una escena significativa en la que Ingrid le regala a Sofia una camisa de seda bordada con la palabra “beloved”. Más tarde, Sofia la lleva a casa de su padre, quien al verla, lee “beheaded”. Ese error no es casual: es clave. Beloved remite inevitablemente a la novela de Toni Morrison, en donde Sethe mata a su hija — su amada — para protegerla de la esclavitud. Es una “decapitación” en espíritu: un acto de amor violento, de posesión absoluta y de pérdida irreversible.

El clímax de la película revela la raíz de todo: Rose le confiesa a Sofia que su verdadero origen está en Mary, su hermana —su madre biológica—, de quien nunca había querido hablar. “She died”, decía. Pero Mary fue enviada lejos, probablemente por abuso del padre. Y Rose, en silencio, cargó con la culpa, el dolor y la crianza. Su enfermedad, su amargura, su estancamiento vital, todo se remonta a ese silencio heredado. “I endure life rather than live it”, dice en una escena. Esa línea define su existencia: una mujer que sobrevivió, pero que nunca supo cómo vivir.

Spoiler alert.

La escena final es devastadora: Sofia abandona a su madre en medio de la carretera. Un camión se acerca. El cuerpo de Rose, en silla de ruedas, queda expuesto al azar. ¿Será esto un acto compasivo de eutanasia? ¿Un ritual de liberación? O tan solo una prueba en donde reta a la fuerza de voluntad de su madre. No lo sabemos. Pero lo cierto es que Sofia no mira atrás. No salva. Y en ese gesto —precisamente en ese no-hacer— se libera a sí misma.

I can’t walk, dice la madre.
I know, mom, responde Sofia.

Hot Milk no es una historia de redención ni de reconciliación. No hay madres abnegadas, ni hijas que encuentran su camino. Es una película que habita la zona gris de lo femenino: donde el trauma es protagonista. Las heridas no se curan, sólo se transforman. Es una historia sobre lo que se hereda sin saberlo, sobre lo que se calla y se convierte en cuerpo, en enfermedad, en destino. No creo que sea una película para todos. Pero para mí fue profundamente bella y poderosa. Su lenguaje es atmosférico, sensorial, cargado de símbolos que no explican.  Y la actuación de Fiona Shaw es monumental. La pueden ver en Cinemex a partir del 02 de julio de 2025