Está bien estar solos y podemos acostumbrarnos

Han pasado tantas cosas desde que la cuarentena comenzó que es difícil recordar cómo éramos antes. Hay crisis, hay miedo, hay verdaderas amenazas para nuestra vida diaria, desde el cambio climático hasta el clima político. Pero entre todas esas cosas, hay cambios que no han sido tan todo malos.

Algunas personas han tenido que aprender a lidiar con la soledad, algo que antes estaba estigmatizado al punto de casi ser un tabú, la soledad es mala y si se siente, no se habla de ella. Pero con un encierro obligado para todos, muchos se encontraron solos y descubrieron que, después de todo, no está tan mal.

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La soledad se ve como algo malo, algo que hay que combatir, y tiene sentido. En los últimos años la tasa de depresión y ansiedad ha incrementado tanto que podría sentirse como una pandemia en su propio campo, pero aquí hablamos de una soledad que necesitamos.

Dejar huella en las personas no significa que tengas que lastimar a nadie

 

Con la cuarentena nos descubrimos alejados de los demás, con tiempo libre (incluso con más trabajo, los fines de semana suponían tiempo muerto en el que no había a dónde ir) y pocas opciones, por lo que nos fuimos al interior de nuestros pensamientos. Descubrimos que pasar tiempo con nosotros mismos es tolerable y después esa tolerancia se transformó en algo placentero que valía la pena cultivar.

Esos días de cuarentena aprendimos a escucharnos, a cocinar con la mente clara, a poner atención en la música que escuchábamos, a pasar largos periodos de tiempo imaginando, esperando, pero a diferencia de lo que creímos, no fue del todo insoportable.

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Ahora, con la reapertura de la ciudad parece que muchas cosas regresaron a lo que fueron antes de la cuarentena y eso significa el ajetreo de pesadilla con el que vivíamos, pero no tiene porqué ser así. En primer lugar, la reapertura es parcial y ante cualquier emergencia puede que regresemos al encierro voluntario por la seguridad de todos. En segundo lugar, incluso si eso no pasa, podemos reclamar nuestro derecho por darnos tiempo para nosotros, deslindarnos de algunos de los planes que se hacen en nuestro nombre y decir NO a invitaciones en las que antes lo hacíamos por compromiso.

Esta transformación ha sido total, no podemos negar que sólo las instituciones lo sintieron, nosotros como personas y como sociedad podemos cambiar nuestros hábitos, disfrutar de la intimidad que nace desde el interior y decir no a lo que no nos interesa, nos ata y nos obliga a ser lo que no somos. La soledad no siempre es mala y tal vez ahora podamos aprovecharla para nutrir la relación más importante, la que tenemos con nosotros mismos.