Entendiendo el cine de Guillermo del Toro (por qué adora a los monstruos)

Mientras Frankenstein suma nominaciones al Óscar —incluida Mejor Película en la 98ª edición de los Premios de la Academia—, hay una conversación inevitable entre quienes seguimos el cine de Guillermo del Toro desde hace años: emociona ver reconocida en grande una película que representa la obsesión más íntima de toda su carrera, pero también cuesta entender que él no figure entre los nominados a Mejor Dirección. Porque si alguna vez hubo un proyecto profundamente suyo, es este.

Frankenstein prácticamente obliga a volver al origen: a esa manera tan particular que tiene del Toro de filmar criaturas que nunca nacen para provocar miedo puro, sino para hablar de abandono, deseo, ternura, pérdida y humanidad.

Te cuento sobre su trabajo, por qué es tan relevante y algunos fun facts que lo hacen ser mi real (y, probablemente, el tuyo también).

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La forma del agua (2017)

Recuerdo perfectamente cuando vi The Shape of Water en el cine. Sentí algo extrañísimo: como si alguien hubiera descubierto una parte mía sin permiso. Sobre el papel, la historia sonaba casi absurda —una mujer muda enamorándose de una criatura anfibia—, pero en pantalla todo tenía una lógica emocional demoledora: había belleza y horror coexistiendo sin esfuerzo, una ternura rarísima, casi incómoda, y esa sensación de que lo extraño podía resultar profundamente familiar.

Ese fue, en realidad, mi primer gran entendimiento del cine de del Toro: sus monstruos no irrumpen para romper el mundo, sino para revelar algo que ya estaba ahí.

En una exposición random, Otani Workshop: Monsters in my Head en Vancouver Art Gallery, encontré una frase que parecía escrita para él: What if monsters were companions to guide us rather than creatures to fear?

Es difícil pensar en una mejor definición de su filmografía. Porque desde hace décadas del Toro responde exactamente esa pregunta con luz, textura, criaturas imposibles y personajes que terminan diciendo que lo verdaderamente inquietante rara vez tiene colmillos.

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El Laberinto del Fauno (2006)

La infancia donde todo empezó: Guadalajara, miedo nocturno y un pacto con criaturas invisibles

Guadalajara, años sesenta. Un niño tímido descubre muy pronto que los monstruos pueden ser mejores compañeros que muchas personas.

Nacido en 1964, del Toro creció en una infancia que él mismo describe como profundamente bizarra, y el adjetivo no parece exagerado. Su universo mezclaba cine mexicano de terror, cultura pop japonesa, revistas de Editorial Novaro, una educación católica rígida, una madre que leía el tarot, un padre desconcertado por la fascinación mórbida de su hijo y una casa donde convivían ratas, serpientes y hasta un cuervo como mascotas.

Todo parecía ya una película suya antes de que existiera su primera película. A los trece años filmaba Pesadilla 1, con una mano cubierta de líquido verde saliendo de un baño, mientras muchos de sus contemporáneos apenas empezaban a imaginar qué querían hacer.

Pero el verdadero origen de todo está en sus noches. Del Toro ha contado que despertaba y veía criaturas en la oscuridad, sin distinguir con claridad dónde terminaba el sueño y empezaba la realidad.

En lugar de huir, hizo un pacto íntimo con esos monstruos: escribiría sobre ellos si lo dejaban atravesar la noche sin miedo… ya sabes, ir al baño con tranquilidad. A sí nació una carrera entera: como negociación infantil con lo invisible.

Hoy, sus cuadernos siguen funcionando como extensiones de ese mismo niño: obsesivos, dibujados hasta el detalle, casi renacentistas, más cercanos a un archivo emocional que a simples notas de trabajo.

Ha escrito decenas de guiones, dirigido películas que hoy son referencia mundial y aun así todo sigue naciendo del mismo lugar: la madrugada.

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Por qué sus monstruos nunca son los villanos

Aunque muchas veces se le presenta como maestro del terror, esa etiqueta siempre le ha quedado pequeña, porque en realidad del Toro no trabaja con miedo puro: trabaja con ambigüedad moral.

Para él, un fauno, unas hadas, una criatura anfibia o Frankenstein’s monster no representan el mal, sino zonas intermedias: miedos, ritos de paso, heridas emocionales, preguntas sobre identidad.

Eso explica por qué Frankenstein nunca fue concebida por él como terror convencional. Ha dicho claramente que la historia es, sobre todo, una relación entre padre e hijo, una conversación íntima atravesada por sus propios vínculos familiares.

Y eso conecta con toda su obra. En The Shape of Water es lo mismo: como dijo Alexandre Desplat, “al principio la criatura intimida, pero después se vuelve conmovedora”. Eso hace del Toro constantemente: desplaza nuestra mirada hasta hacernos descubrir belleza donde primero vimos rareza.

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Frankenstein (2025)

La belleza de lo grotesco como lenguaje

Antes de que lo imperfecto se volviera tendencia estética, del Toro ya entendía que lo grotesco podía contener belleza pura.

En la exhibición que hacía retrospección a su trabajo en 2017, At Home with Monsters, esa idea aparece casi como manifiesto personal: lo terrible puede ser hermoso si se mira desde el ángulo correcto.

Lo fascinante es que nunca elimina el riesgo del ridículo. Al contrario: él mismo ha dicho que siempre necesita que exista un componente peligroso de absurdo. Aceptar lo ridículo, para él, abre la puerta a algo sublime.

Mientras otros directores construyen criaturas para impactar visualmente, él construye seres emocionalmente vulnerables; por eso, en su cine los monstruos casi siempre buscan amor en un mundo que los rechaza por su apariencia.

Los verdaderos monstruos suelen ser los humanos perfectamente integrados. En El laberinto del fauno basta una pregunta: ¿quién inquieta más, el fauno o el capitán Vidal? La respuesta siempre dice más de nosotros que de la película.

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El callejón de las almas perdidas (2021)

Su cine político: cuentos de hadas convertidos en trincheras

Desde Cronos hasta Nightmare Alley, su filmografía funciona como una serie de cuentos fantásticos donde siempre hay una tensión política debajo de la superficie.

Él mismo insiste en que el cine fantástico es un género político. En The Devil’s Backbone, la guerra civil española aparece como herida fantasma. En The Shape of Water, el amor imposible se convierte en resistencia contra la intolerancia. En Pinocchio, la desobediencia se vuelve virtud moral.

Su cine insiste en que la humanidad nunca cabe en categorías simples. Ni completamente monstruo, ni completamente héroe. Como él mismo resume: una de las características más complejas del ser humano es justamente poder habitar todos los matices intermedios.

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Cronos (1992)

Frankenstein: el monstruo que siempre fue suyo

Frankenstein ha sido para del Toro una especie de religión privada desde que vio a Boris Karloff atravesar una puerta en pantalla siendo niño.

Ha dicho incluso que ahí entendió por primera vez algo parecido a la devoción. Por eso esta película, más que una adaptación, parece una culminación personal.

En lugar de repetir un mito pop, buscó recuperar la vulnerabilidad original de una criatura que solo quiere ser mirada con compasión. Quizá por eso hoy, incluso con premios, nominaciones y reconocimiento mundial, sigue sintiéndose profundamente coherente con el niño tapatío que negociaba con monstruos antes de dormir. Porque en el fondo nunca dejó de escribirles.

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La cumbre escarlata (2015)

10 fun facts (random y necesarios) para entender mejor a Guillermo del Toro

Como resumen de lo anterior y más sobre del Toro, aquí algunos datos curiosos.

1. Su papá ganó la lotería y cambió todo

Cuando Guillermo tenía unos cinco años, su padre, Federico del Toro, ganó la lotería. La familia se mudó a una casa enorme en Guadalajara con una gran biblioteca que alimentó desde muy temprano su imaginación.

2. Sigue viendo tres películas al día

Del Toro mantiene el hábito de ver tres películas diarias —muchas veces repetidas— porque, según él, volver a ver cine también es una forma de releer la vida.

3. Ha dirigido 13 películas en más de tres décadas

Desde Cronos hasta Frankenstein, su carrera como director suma trece largometrajes, todos atravesados por obsesiones muy personales.

4. Su carrera nació de un pacto con monstruos nocturnos

De niño decía ver criaturas al despertar en la madrugada. Su solución fue simple: escribir sobre ellas para perderles el miedo.

5. Hipotecó su casa para terminar su primera película

Para sacar adelante Cronos hipotecó su casa. Prefería arriesgarlo todo antes que quedarse con la duda.

6. Frankenstein es su obsesión desde los siete años

Ver a Boris Karloff como Frankenstein le provocó, según él, una “transferencia inmediata de alma”.

7. Sus cuadernos son casi tan famosos como sus películas

Antes de filmar, dibuja compulsivamente: criaturas, escenas, ideas y frases viven primero en sus notebooks.

8. Para él, los verdaderos monstruos suelen ser humanos

Su frase lo resume todo: “Los monstruos que me dan miedo son los seres humanos”.

9. Ya trabaja en nuevos proyectos después de Frankenstein

Entre ellos aparece la adaptación de The Buried Giant, otra historia atravesada por memoria y criaturas simbólicas.

10. No confía creativamente en la inteligencia artificial

Ha dicho que le preocupa mucho más la estupidez natural que la inteligencia artificial, y rechaza usar IA como sustituto creativo.