Bird, emprender el vuelo, la nueva película de Andrea Arnold —directora de Fish Tank (ganadora del Jury Prize en Cannes 2009) y American Honey—, no es un drama social más.
Arnold se ha consolidado como una de las cineastas más importantes del cine británico contemporáneo, reconocida por retratar la vida de adolescentes y mujeres jóvenes en entornos fracturados, pero desde una mirada íntima. Sus películas no explican: sienten, respiran, observan. Hay algo crudo, pero también poético, en la forma en la que capta los cuerpos, los espacios y los silencios. Su cine se mueve entre lo hiperrealista y lo lírico, como si buscara belleza justo donde parece no haberla.
Bird incomoda y a la vez abraza; no se queda en la superficie de lo marginal, sino que se mete hasta el fondo para encontrar, con paciencia y ternura, los rastros de humanidad que aún resisten. Es una película que se atreve a mirar lo feo, lo roto, lo que muchos preferirían no ver. Pero no lo hace con morbo ni con lástima, sino con respeto, con cuidado, con un ojo que busca comprender más que señalar.
Recomendación para meterse en el mood de la película al leer esto: escuchar “A Hero’s Death” por Fontaines D.C de fondo.
De qué se trata la película Bird y por qué la amamos
Bailey, interpretada por Nykiya Adams, tiene 12 años y vive al margen, en un edificio ocupa lleno de personajes punk, con su padre Bug y su hermano Hunter. Bug, en manos de Barry Keoghan, está ausente incluso cuando está presente. Lo vemos intentar cosas absurdas —como recolectar baba alucinógena de un sapo con la ayuda de sus amigos hooligans, quienes le cantan “Yellow” de Coldplay al sapo para conseguirla— en escenas que nos hacen reír y al mismo tiempo nos rompen el corazón.

Esos momentos, que podrían parecer grotescos o ridículos, Andrea Arnold logra transformarlos en actos de belleza involuntaria. Porque aquí todo está envuelto en una capa de humor extraño y tristeza resignada, como si los personajes ya hubieran aceptado que su vida no va a cambiar.
Bailey observa todo desde una distancia que duele. Su teléfono celular es más que una herramienta: es su escudo y su refugio. Lo usa para grabar lo que no puede procesar, para capturar lo poco que la asombra. Belleza escondida entre imágenes de violencia y aves: figuras voladoras que, como ella, parecen buscar algo más allá de lo que tienen frente a sí.
En medio de ese caos aparece Bird. Un extraño que irrumpe en la vida de Bailey como un susurro, como un espejismo. No trae soluciones ni promesas. Lo que ofrece es algo más raro todavía: amabilidad. La trata con respeto, con dulzura. Y eso es quizá lo más desgarrador de todo: ver a una niña que no reconoce la bondad porque nunca la ha recibido. Pero la siente. La reconoce, aunque no sepa nombrarla. Y eso la transforma.
Bird, interpretado por Franz Rogowski, no es un personaje realista en el sentido tradicional. Tiene algo de fantasmal, de mágico. Camina entre techos, aparece con el viento, baila frente a la cámara con una falda larga. Parece salido de un cuento que solo Bailey puede leer. Y tal vez eso es exactamente lo que es Bird: una fantasía necesaria, una grieta por donde se filtra el deseo de algo más. Su búsqueda por un padre ausente se entrelaza con la de ella, y juntos emprenden un camino sin rumbo claro, pero cargado de sentido.
La película no ofrece respuestas. No promete que todo va a mejorar. Pero deja entrar luz a través de las pequeñas grietas. Arnold no busca la redención de sus personajes, sino mostrar que incluso dentro del dolor más crudo hay espacio para el afecto. La música lo acompaña todo con precisión emocional: desde el himno feroz de Fontaines D.C., que habla de seguir adelante a pesar del desgaste, hasta Coldplay convertido en ritual, pasando por momentos musicales que se sienten como fantasmas sonoros, pegados a la piel de los personajes.
Bird no habla del vuelo como escape, sino como posibilidad. No de huir, sino de elevarse, aunque sea solo un poco. Aunque sea solo por un instante. Como las aves que Bailey graba: criaturas ajenas, frágiles y hermosas, que habitan otro cielo. Como las cosas que no entiende del todo, pero que la hacen sentir viva.
A veces, basta un solo gesto para que alguien empiece a creer que puede volar. Y eso fue Bird: una película que duele, pero que también sostiene. Que recuerda que el vuelo no siempre es glorioso, pero siempre es posible. Andrea Arnold no ofrece soluciones, pero sí recuerda que el cariño —por más pequeño que sea—, puede salvarnos. Que no todo está perdido. Que, como dice la canción de Fontaines D.C., “Life ain’t always empty”.
La película se estrenó en México el pasado 11 de julio y ya está disponible en cines.

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