Seguro, como nosotros, has escuchado esta teoría mil veces. Pero, ¿qué tan cierta es? Decidimos investigar un poco más al respecto y resulta que la idea no es nueva. De hecho, lleva décadas fascinando a psicólogos, científicos y amantes de los perros por igual. Y aunque suene a mito, hay algo de verdad detrás.

¿De dónde viene esta creencia?
La idea de que las mascotas terminan pareciéndose a sus dueños existe desde hace mucho tiempo, pero comenzó a estudiarse seriamente a finales de los años noventa.
Uno de los experimentos más famosos fue realizado por el psicólogo Michael Roy y el veterinario Nicholas Christenfeld en la Universidad de California en San Diego. Los investigadores mostraron fotografías de perros y de sus dueños a personas que no los conocían y les pidieron que intentaran hacer parejas. Sorprendentemente, acertaron mucho más de lo que permitiría el azar.
Lo interesante es que el fenómeno parecía funcionar especialmente con perros de raza pura. En otras palabras: había algo en la apariencia física que hacía que ciertas personas eligieran determinados perros.
Entonces… ¿sí nos parecemos a nuestros perros?
La respuesta corta es: un poco. Pero no porque terminemos viéndonos iguales con el tiempo.
La explicación más aceptada es que tendemos a elegir mascotas que nos resultan familiares o atractivas. Y, como seres humanos, una de las cosas que más nos resulta familiar es nuestro propio aspecto.
Por eso algunas personas de cabello largo suelen sentirse atraídas por perros de orejas largas o pelaje abundante. O alguien con una personalidad tranquila puede inclinarse por razas conocidas por ser calmadas.
No es algo consciente. Simplemente nos sentimos atraídos por características que reconocemos.

El parecido va mucho más allá de lo físico
Aquí es donde la teoría se vuelve todavía más interesante. Diversos estudios han encontrado que los perros también pueden parecerse a sus dueños en personalidad.
Las personas más activas suelen tener perros más activos. Quienes disfrutan pasar tiempo al aire libre suelen compartir ese estilo de vida con sus mascotas. Incluso se ha observado que los niveles de estrés de algunos perros se correlacionan con los de sus humanos.
Tiene sentido: convivimos con ellos todos los días. Los perros aprenden nuestras rutinas, responden a nuestras emociones y adaptan gran parte de su comportamiento al entorno que compartimos. Después de años viviendo juntos, es normal que terminen desarrollando ciertas similitudes.
¿Y qué pasa con las expresiones?
Quizá la parte más sorprendente es que algunos investigadores creen que también aprendemos a interpretar las expresiones faciales de nuestros perros de una forma muy parecida a como leemos las de otras personas.
Después de convivir durante años, muchos dueños aseguran saber exactamente cuándo su perro está feliz, confundido, emocionado o molesto. Y aunque probablemente no estén sonriendo igual que nosotros, nuestro cerebro empieza a percibir ciertas similitudes emocionales que fortalecen esa sensación de parecido.

La ciencia dice que sí… pero no exactamente como pensamos
Los perros no se transforman mágicamente en versiones peludas de sus dueños. Lo que ocurre es que solemos elegir mascotas que reflejan ciertas características que nos resultan familiares y, después, compartimos tantos años de vida con ellas que terminamos pareciéndonos en hábitos, personalidad e incluso lenguaje corporal.

Así que la próxima vez que veas a alguien caminando con un perro sospechosamente parecido a él, probablemente no sea coincidencia.

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